Más allá del miedo
Vivimos una época histórica con dos características esenciales: la imposición a las poblaciones de todos los países de un pensamiento único y del miedo. La consecuencia de esta doble imposición es la tremenda dificultad para pensar, para examinar la realidad en su complejidad y a la distancia precisa para que las emociones no turben nuestro juicio.
Si hay ahora algo más globalizado que la economía es la violencia. Sabemos que en todos los continentes, en todos los aspectos de nuestra vida estamos expuestos a la agresividad más incierta y descontrolada. El terrorismo es una realidad amenazante que se yergue frente a nosotros cotidianamente. Pero seríamos ilusos, y pretenden empecinadamente que lo sigamos siendo, si creyésemos que sólo hay una clase de terrorismo. Voy a distinguir cuatro, omnipresentes en todo el planeta: económico, ecológico, de masas y de estado.
Terrorismo económico es la globalización neoliberal, con su secuela de millones de seres humanos condenados a la inanición, Son muestras las coacciones impuestas a los países del tercer mundo por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Internacional del Comercio para que abran sus fronteras a los productos de Occidente, mientras subvencionamos los nuestros, para que reduzcan y privaticen sus servicios sociales. A eso añadimos la exigencia de de la ilegítima Deuda externa (¿quién debe a quién?), la privatización de las aguas públicas, el oligopolio de las empresas farmacéuticas que encarecen las medicinas que necesitan, el constante soborno de las élites locales, la venta creciente de armas…
Existe también un terrorismo ecológico que ejercen los países desarrollados. Se trata de la explotación desmesurada y violenta de todos los recursos del planeta. Se contamina el aire, el agua, la tierra, en proporciones cada vez mayores, La codicia abusiva de unos pocos amenaza a todas las especias vegetales y animales y suicidamente también a la humana. Sobre todo hay un desprecio absoluto para nuestros descendientes, La comunidad científica ya lo ha alertado. El calentamiento global es el síntoma más visible. Claro que las grandes multinacionales del petróleo y el carbón reaccionan y compran a algunos expertos para que pongan en duda los datos evidentes. Muchos gobiernos lo han advertidos y por eso han firmado el tímido Protocolo de Kyoto, pero la gran potencia, la más contaminadora se niega a hacerlo. El cambio climático es una amenaza gigantesca: huracanes, tornados, inundaciones, sequías…en una escala creciente van a ser el panorama al que nos vamos a enfrentar cada año más. ¿Hemos rebasado el punto de poder evitar estas graves alteraciones?.
Y desde luego, hay un terrorismo de masas: Nueva York, Bali, Casablanca, Madrid, Londres… de este sí, todos los gobiernos y los medios de comunicación hablan. Se trata de ataques, suicidas en muchas ocasiones, indiscriminados y masivos a la vida y bienes de las personas. Se dirigen fundamentalmente contra la población civil con el propósito de aterrorizarla. Apelan para justificar sus acciones a motivaciones religiosas y políticas. A este terrorismo sí que están dispuestos a enfrentarse. Es el Mal absoluto dicen y para detener a los terroristas, para prevenir sus crímenes, están dispuestos a cualquier medio. En aras de la seguridad, se coartan las libertades democráticas, no hay intimidades respetables, las garantías procesales desaparecen, los sospechosos son detenidos o expulsados. Ciertas civilizaciones, religiones, etnias empiezan a ser los enemigos. Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña encabezan esta cruzada antiterrorista en la que naufragan la libertad y las garantías de justicia. Quienes no justifican, pero pretenden analizar las supuestas razones en que se basan las proclamas terroristas, se convierten en posibles cómplices del terror. Y si postulan para combatirlo, además de medidas judiciales y policiales, otras políticas se convierten automáticamente en traidores.
Y no podemos olvidar el terrorismo de Estado. El que se ha cometido y se sigue cometiendo desde el poder, últimamente con la justificación de combatir al de masas. Son las llamadas alcantarillas de los gobiernos, quienes hacen las faenas sucias, al margen de la ley. El llamado derecho de guerra que pretendía humanizarla es obviado del todo. Ya en la segunda guerra mundial, los bombardeos sobre ciudades enemigas, con el horror máximo de las dos bombas atómicas sobre el Japón. Los genocidios, las violaciones como nuevas armas. Las tragedias de la desmembración de la vieja Yugoslavia, de las matanzas de Timor, de las guerras silenciadas de África son buena prueba. El honor del soldado, caballeroso con el rival rendido o prisionero ha pasado a los libros de historia. Las torturas en centros militares, Guántamo es el caso más hiriente, muestran hasta que punto el “todo vale” ciega cualquier consideración ética. Los países, con USA a la cabeza, que se niegan a aceptar la jurisdicción del Tribunal Internacional de Justicia muestran la impunidad de este terrorismo de Estado.
¿Qué podemos hacer ante esta situación de violencia estructural?. Lo primero, no dejar que el miedo nos paralice y no creer que es irreversible lo que ocurre. No es el destino, la naturaliza o un dios terrible quien nos ha conducido a esta situación. Somos nosotros, los seres humanos quienes la hemos creado y podemos cambiarla, si nos lo proponemos. Más allá del miedo, está nuestra responsabilidad creadora. Ocultar la realidad o disfrazarla es indigno. Hay que mirarla y analizarla. El clamor de las víctimas, tanta sangre vertida no puede dejarnos indiferentes. La paz es posible, si sabemos trabajar por ella. Co-sentir con las víctimas, haciéndonos sensibles a su dolor es el primer paso. El segundo, reconocer que los verdugos son también seres humanos, de la misma pasta que nosotros, que en nuestro propio corazón late la violencia y que a veces nos dejamos arrastrar por ella. Y que nuestro silencio y nuestra omisión nos hace cómplices de tanto dolor e ignominia. Empecemos por desenterrar la verdad de los hechos que nos quieren ocultar. Exijamos la justicia reparadora que devuelva la dignidad a las víctimas, a todas. Y después de esas dos premisas, podremos plantear lar reconciliación. El perdón sólo es posible si el criminal está en condiciones de acceder a él, es decir, que no depende tanto de la víctima sino de quien ha proferido la ofensa. Lo decía el salmo, la justicia y la paz se besan.
Escrito por Pedro zabala. Enviado por Cristina García del Moral

